asado sabatino
Mientras trabajo voluntariamente este sábado de cielo claro y despejado, de azul intenso y fresco aire que a ratos me hace pensar que debí traer algún abrigo ligero, escucho un retumbar que puede solamente provenir del detonar de armas de fuego. Mi mente se echa a volar y mi imaginación busca elaborar alguna historia que se adapte a esos diez o doce estallidos. ¿Qué tan lejos estaré de Tláhuac? ¿Será qué los vecinos de por aquí también gustan de practicar tribales ceremonias antropológicas? A propósito de linchadores, pienso que sería interesante, quiero decir sublime, que la multitud enardecida concluyera su ritual devorado a sus ajusticiados, una vez que el fuego haya cocido la masa muscular hasta un punto en el que el sabor sea no menos que agradable, a manera de festín gastronómico que ocasione un éxtasis comunitario similar al que producía cada golpe y patada infringida sobre su víctima, deteniéndose hasta que solo resten los huesos y tejidos imposibles de masticar, y así, regresaran satisfechos a sus casas, con los estómagos plenos y con la cara y manos llenas de la grasa que la carne les ha dejado al tragarla. Han pasado ya algunos minutos y no hay sonido de sirenas, quizá los medios hayan llegado ya, tal vez alguien tenga ya una estupenda nota capaz de captar la atención, quiera dios de toda la humanidad. Prosigo trabajando y procuro no distraer más mi atención.


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